Wednesday, August 23, 2006

Se reía

Pasó por el cielo muy despreocupada, mirando con desprecio para abajo.
Tan orgullosa, tan blanca y ligera. Cruzó tan lento que parecía no moverse en lo absoluto.
Aún asi, se reía.
Cuando llegó la noche ya había recorrido buena parte del cielo y decidió bajar a descansar.
Riendo, adoptó la forma de una leve llovizna y se desplomó haciéndole cosquillas a un pequeñísimo lago en la mitad de un verde campo.
No logró dormir, no podía dejar de reír y se escucharon sus carcajadas por todo el firmamento hasta que el sol volvió.
Se levantó y al rozar el verde pasto con sus pestañas dejó algunas delicadas gotas de rocío, y éstas también reían.
Volvió, con un poco de trabajo, y siguió su recorrido, aumentó un poco la velocidad porque no quería toparse con un huracán cercano a las costas que visitaba, pero en ningún momento dejó que sus risitas se silenciaran.
Para la tarde llegó al jardín de un anciano que vivía completamente solo. Algo ahí la cautivó y no se movió por algún tiempo, pasaban las horas y no quería moverse. Le divertía tanto escuchar los leves ronquidos del hombre que deseó bajar un poco para escuchar con más atención lo que narraban éstos.
Seguía sonriendo.
Se convirtió en neblina y, como no era muy grande, cubrió el desierto patio casi por completo. Un escalofrío recorrió los arrugados dedos del dueño del lugar, que seguía durmiendo y contando historias con aquellos suaves ronquidos. Ella se atrevió a soltar una carcajada un poco más sonora intentando no despertar a su anfitrión y escuchó muy atenta, pero sonriendo, lo que éste recitaba.
Quería escuchar más de cerca, no quería perderse un sólo detalle de tan hermoso poema, aquel que solamente los años saben escribir, y llovió en una cazuelita de peltre que reposaba vacía a un lado de la silla mecedora del anciano. Siguió riendo, pero ahora en silencio, sacudiendo ligeramente el líquido al hacerlo.
Pasaron unos cuantos minutos y el hombre abrió un ojo tan discretamente que la visitante no se percató y siguió riendo como si nada hubiera pasado. De pronto, tan rápido como un halcón que se abalanza sobre su presa, el anciano alcanzó la tapadera del recipiente en el que se hallaba la sonriente y la colocó con fuerza para que no puediera escapar.
Aunque seguía soltando fuertes risotadas hizo hasta lo imposible por escapar, pero no lo logró. Creyó estar atrapada por siempre en aquella pequeña cazuela, pero el anciano no era tan despiadado como la orgullosa nube pensó y la dejó libre dentro de su casa.
Hablaron durante toda la noche y concluyeron la velada con un pacto: ella se quedaría a hacerle compañía y por la noche él recitaría para ella aquellos poemas tan hermosos, hasta el final.
Y ella, curiosamente, nunca dejó de reír.

4 comments:

Lalo said...

Me gusto, seria padre ser una nube.. podrias volar...

Anonymous said...

Me provocaste una gran sonrisa y una gran duda...¿de qué ríe tanto?, ¿será que desde arriba ve lo absurdas que son nuestras preocupaciones y pesares?

Luego vas a tener que escribir lo que le decía el anciano, ¿eh? no lo vayas a olvidar.

¡Te mando un besote!

Anonymous said...

Bueno, pues que nube tan risueña! jaja me gustó que no parara de reir en todo su recorrido hasta la casa del anciano, el cual le causó aún más gracia... pero...

¿Qué decía en sus ronquidos el "abuelo" que era tan chistoso para la nube?

Esa es mi única duda jajaj coincido en que debes escribir acerca de lo que decía el anciano.

Me gustó bastante la narración, y la nube me cayó muy bien jajajaj

Anonymous said...

me gusto mucho!!! y la nube me recordo a alguien... jeje t kiero anna!!!